17/12/12

¡Conoce a Bo! Parte 1: Eras primigenias.

¡En menudo lío me he metido! Yo pensé que esto de escribir en un blog iba a ser fácil. “Sólo una entrada al mes mínino” decían. “Sin línea editorial y sin exigencias, a escribir lo que nos brote” decían. “Mientras escribas de rol, pues hablar de lo que quieras” decían. Y hasta ahora no hay más que entradaca tras entradaca e incluso hemos invitado a escribir a Athal Bert, el amo y señor de Laboratorio Friki.  ¿Pero ahora de qué escribo yo, si hasta que no he tenido G+ no existía para la rolesfera? Ains, qué pressure, de verdás. Bueno, al lío.

Me ha parecido buena idea hablar en mi primera entrada acerca de mi pasado rolero. Ya que nunca he tenido blog y no he podido hablar de mis tendencias y gustos más que un poco en las redes sociales, creo interesante explicar de dónde vengo para que luego, cuando escriba más cosas, sepáis de qué pie cojeo.

Mi primer contacto con el rol fue sin saberlo. De hecho, descubrí que ése fue mi primer contacto muchos años después, haciendo memoria y tomando conciencia. Sería el verano de 6º a 7º de EGB, 11 añitos tenía yo, que cumplo en Octubre. Hacía 6 años que me había mudado a Sevilla desde Albacete y ya incluso se me iba pegando el acento. Un vecino mayor había vuelto de su habitual estancia veraniega en Irlanda y se había traído una caja roja con un dragón en la portada que se llamaba igual que unos dibujos animados, pero en inglés. Dungeons & Dragons ponía. El juego estaba chulo, muy imaginativo y si conseguías los suficientes objetos y ganabas los suficientes XP podías pegarte con el máster, que era mi vecino, que tomaba forma de dragón. Nunca llegamos a hacerlo y no volvimos a jugar después de ese verano, pero fue divertido.

Ya entrado 7º me cambiaron de sitio por armar jaleo y me sentaron delante de Carlos, un tío que actualmente es abogado y no tiene nada que ver con la afición, pero que al que le debo que yo sí tenga mucho que ver con ella. Él me contó que sus colegas jugaban a un juego llamado “de rol”, donde tenían una “ficha de personaje” que tenía “habilidades”.  No había tablero pero sí unos dados raros de muchas caras, como los que usé el verano anterior con mi vecino. Eso fue un descubrimiento del copón. Nos pasábamos los recreos, los cambios de clase y las horas de comedor jugando. Al poco tiempo empecé a “dirigir” (o lo que fuera que hiciera) y jugamos en un mundo sin mapa aventuras de piratas. El sistema era una mierda, sin características y con habilidades puestas a boleo, sin reglas para magia y sin evolución clara y sistemática de personaje, pero nos lo pasábamos de escándalo. Me lo pasaba tan bien que esto tenía que exportarlo.



Siempre he veraneado en Daimiel, un pueblo de Ciudad Real. Uno de los mayores alicientes era quedar con mi primo Abraham, de prácticamente mi misma edad y gustos, y frikear como cosacos. Hasta ese momento jugábamos a Heroquest, Battletech y al ordenador, un Amstrad CPC 464 y, más tarde, un Amiga 500. Ese verano, recién llegado al pueblo, en el primer rato libre que tuve después de hacer los honores familiares, fui a su casa y le conté mi hallazgo:

- “Tío, es como el Heroquest pero sin tablero. Tú te vas imaginando las cosas y las vas diciendo. Luego tiras y si sacas por debajo, te sale”
- “¿Pero sin tablero? ¿Y sin miniaturas?”
- “Que sí, que sí. Venga, hazte la ficha que empezamos a jugar”.

Garabatee un mapa, me inventé 10 nombres de enemigos a los que tenía que buscar y matar y empezamos a jugar mi primera aventura, un “sandbox” (esto sé que se llama así ahora, en ese momento simplemente me pareció el modo más natural de ponernos a jugar sin haber preparado nada antes). Cuando nos dimos cuenta de que había amanecido y que habíamos estado desde las 9 de la noche jugando, decidimos parar, acostarnos y asimilar la experiencia quasimágica que habíamos vivido. He de decir que mi primo es muy imaginativo y el descubrimiento del rol le supuso, a mi parecer, una de las mejores herramientas para sacar toda su capacidad creativa. Había plantado una semilla que dio frutos muy chulos pero que yo apenas disfruté por vivir en Sevilla. Una pena.

Después de jugar con el sistema mierder unos meses más, unos colegas de clase y yo descubrimos que en El Corte Inglés vendían juegos de rol (toma castaña). Los dos que habitualmente “dirigíamos” decidimos comprarnos uno cada uno. Dicho y hecho, mi colega, Raúl, compañero de pupitre, se pilló el Runequest y yo, en un alarde visionario, el Car Wars, juego al que aún hoy día no he sido capaz de jugar ni una sola partida. Más tarde otro compañero de clase, Pedro, se compró el MERP y otro colega más, Edu, descubrió que le habían regalado el Star Wars d6 y que eso era un juego de rol como los que jugábamos nosotros. Cada uno de nosotros dirigimos nuestras partidillas con mayor o menor continuidad y con reclutamientos impensables a día de hoy, por los múltiples estigmas del rol. Plena efervescencia rolera. 



Más tarde entramos en el club de rol “Los vecinos del Dr. Güija”, el garaje de la casa Miguel e Isa, unos hermanos que vivían en mi barrio, llamado así porque había una tetriquísima mansión abandonada a dos calles que había pertenecido a un médico con un nombre muy parecido, Dr Guija. Os lo juro. Si se hubiera llamado Walter Corbitt habría dado menos miedo.



En ese club jugué a todo lo imaginable por aquella época, principios de los ‘90: Stormbringer, Paranoia, Cazafantasmas, GURPS 2ª, AD&D 2ª... Dos veces en semana iba a aquel garaje, llamaba a la puerta, preguntaban “¿quién es?”, decía “soy Cthulhu” y me adentraba en mundos de fantasía que qué os voy a contar a vosotros.

Además, en Daimiel se había fusionado la semilla que yo planté con otro grupo rolero que ya existía y dio lugar a las primeras jornadas roleras de por allí: partidaca al MERP con 10 jugadores (donde a los 15 minutos ya había sido decapitado a manos de un orco) y germen del mayor grupo de juego que he conocido nunca. Alberto, actual director artístico del grupo de teatro Trasímaco, se las ingenió para hacerle ficha e implicar en el primer juego narrativo que conocí, una versión con sistema propio de Los Caballeros del Zodiaco, a nada más y nada menos que unas 25 personas. Personas que nada tenían que ver con nuestras aficiones. Personas que no han vuelto a jugar al rol pero que en ese año y pico que duró la campaña lo dieron todo. Personas que veían el rol con curiosidad e interés. El tipo de persona que en cuanto ocurrió el asesinato del rol y los medios nos lincharon, dejaron de tener esa curiosidad e interés, por lo tantísimo que se enrareció el ambiente.

Echando la vista atrás como la estoy echando al escribir esto, me doy cuenta de lo mucho que ha cambiado y, a mi parecer, empeorado el ambiente del rol. A día de hoy no se considera una opción de ocio más para el común de los mortales, tan integrada en la sociedad como el cine o los videojuegos, sino una de las mil cosas a las que dedican su tiempo libre los “frikis”. Pero es que en aquel momento, el rol era una cosa tan accesible y tan “cotidiana” como las actividades anteriormente mencionadas. Esa edad dorada del rol en España, con JoC y Zinco haciendo las cosas medio bien, con un mercado sin visos de saturación, con una diversidad de jugadores envidiable, ¡CON UNAS GENCON EN ESPAÑA! se truncó, igual que la paz en Europa en 1914, con un asesinato. Está claro que en ambos casos el asesinato sólo fue un detonante de una situación a punto de caramelo, pero no dejó de ser el hecho visible que lo desmoronó todo.

En próximas entregas os hablaré cómo viví el declive del rol, de las incursiones bárbaras del Magic y el Warhammer y del comienzo de mi desligazón con el rol. ¡Stay tuned!

Printfriendly

LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...